
...El día de ayer después de una usual tormenta tapatia llegue a mi cantón con la sorpresa de que no había luz, en medio del deambular torpe por la casa que aunque solo tiene un sillón, una mesa jardinera (de esas blancas que se ensucian sabroso en las carnes asadas) y un tapete del hombre araña que Don Tino (el señor que trabaja de mi Papá) me regalo hace unas semanas, justo se atraviesan por donde va uno pasando, Como pude, no sin antes de dos buenos ingadazos en las espinillas (las de las piernas) llegue a abrir la puerta del perro que en cuanto se deslizo 5 cms. entro echo la mocha recetandose su madrazo el tambien en una de las patas de la mesa. Entre lloriqueos y mentadas de madre canofilas logramos subir al cuarto, el chucho fue a arrinconarse a su lugar de jeta y un servidor volteo a ver de reojo a la television y al ventilador con una sensacion de que iba a ser una noche larguisima.
Acto seguido determine acomodarme en la cama como la gente decente, en un ladito con sus almohaditas en posicion de lectura, tome una lampara de esas que anuncian en la tele que gracias a Dios un dia me compre en la fayuca china de santa tere y tome un libro que tenia como 3 meses de haber comprado y que adornaba de manera elegante la mesita de noche junto a la cama.
Este libro es el ¡Que modos! de German Dehesa

el cual empeze a leer, y no fue hasta 70 paginas despues que me di cuenta que habia que dormir. Entre los pequeños pensamientos que reflejan la perspectiva de Dehesa hacia los Usos y Costumbres Tenochas estaba uno que fue escrito el dia 20 de Julio de 1985 y me sorprendí de la actualidad de esa reflexion en nuestros días.
Esta medio larguito, pero vale la pena leerle, a ver si no se me jetean.
Pérdida de Peso
A mi, cuando era chico, me daban un peso de domingo. De lunes a viernes reciba yo un veinte en calidad de asignación diaria; luego venía el sábado en el que no había movimiento financiero y, finalmente el domingo el gran día. A veces mi padre,a veces mi enhiesta madre, en ocasiones un tío, el caso es que seis o siete primos nos formábamos en una cola tipo Cananea e íbamos pasando a recibir nuestro crujiente billete de a peso. Creo que ese era el momento más disfrutable de todo el domingo. Mis parientes, cuya ideología -si la tenían- era cercana a un discreto y decimonónico capitalismo liberal, tenían la sanisima costumbre de no condicionar la entrega del emolumento semanal al comportamiento del mini-asalariado. Así, aunque uno hubiese perpetrado a los largo de la semana iniquidades sin cuento, siempre podían contar con que el domingo recibirían su peso íntegro. Lo único que variaba era la actitud con la que nos era entregado. Si había alguna deuda pendiente en el tribunal de lo familiar o en el de lo contencioso, en el momento de recibir el billete escuchábamos las irónicas palabras: "por lo bien que te has portado". Oído esto, nos retirábamos con las orejas gachas rumbo a los espacios abiertos en dónde recuperábamos el color y la sonrisa y nos dábamos a la tarea de imaginar el uso que le daríamos a nuestra fortuna.Julio 20, 1985
Ese billete tenía poderes. Era una versión menor y doméstica de La Piel de Zapa de Balzac. Cumplía nuestros deseos pero a condición de reducirse hasta desaparecer. Pero lo importante era el deseo. lo importante, según lo averiguaría después de tener en las manos un dinero realmente libre, no comprometido de antemano con las colegiaturas, el gasto, la letra del automovil y demás contribuciones que la realidad reclama por derecho de uso. No. Aquel billete dominical era moneda de curso en los terrenos de la fantasía. En parte porque uno era inconsciente, y en parte porque en aquellos años cincuentas con un peso de veras se podían comprar muchas cosas, el caso es que en aquellas mañanas de domingo uno podía proponer seriamente la adquisición de cualquier objeto real o imaginario. Desde un nuevo tomo de la colección salgari, hasta un rotundo "centenario", canica de cristal transparente con una especie de flor colorida en el centro, cuya posesión lo promovía a uno hacia los estratos superiores de la aristocracia caniquil. Todo podía suceder, aunque en mi realidad biográfica, lo que realmente sucedía era que yo terminaba sucumbiendo a mis veleidades gastronómicas, y así, so pretexto de ir a misa de doce, me iba al parque y me compraba un elote enchilado, dos o tres quesadillas y un refresco de grosella. A esto se le sumaba la abundante comida dominical, y ya para las siete de la tarde me encontraba totalmente como globo zepelín ingiriendo dosis masivas de bicarbonato y dictando mi última voluntad.
Han pasado treinta años. Hoy he traído a colación esta historia no tanto para evidenciar lo obvio: el deterioro de nuestra moneda, sino para referirme a otro deterioro más grave: el de nuestra relación con ella. Del mismo modo que en algún momento no muy lejano de nuestra historia depositábamos en aquel peso nuestra fe entera y aquella moneda era espejo, talismán y vehículo de nuestros deseos, hoy se ha vuelto en nuestras manos una pura cifra de desaliento. Ya no esperamos nada de él. Nuestra única urgencia, por lo visto, es cambiarlo -no por sueños- sino por otra moneda, esa sí, según nosotros efectiva y cumplidora. Tarde se nos hace para deshacernos de nuestros pesos. Las colas que antes se formaban para el pan y la leche, hoy se forman para cambiar billetes por billetes. Desde mi ignorancia financiera confieso que todo este asunto me parece a veces estúpido, a veces cobarde. "El capital no tiene patria", me comentan satisfechos los dizque entendidos en estas cuestiones. Quizá el capital no, pero nosotros si. Nosotros si tenemos patria aunque cotidianamente colaboremos a socavarla con nuestros enfermizos terrores. A veces, ante esto, me da por pensar que lo devaluados somos nosotros. Y coste que no soslayo la decidida colaboración de los últimos regímenes en este hábil trenzado de tonterías y bribonadas que han desembocado en el actual estado de cosas. Su bobalicón triunfalismo actual es quizá el mejor indicio de su desaliento. Pero al margen de estos señores, nosotros tristemente estamos cumpliendo también con nuestra parte en esta tarea de arrastrar un país. Confundimos la crisis de un sistema con la crisis del ser de una nación. Lo queramos o no nuestra moneda es nuestro espejo. Si hemos perdido toda fe en ella, es que también la hemos perdido en nosotros en tanto seres libres.
Cuando finalmente logremos deshacernos del último peso y nuestro hijo reciba su primer dólar de domingo, ¿entonces que? ¿que deseara? ¿como sera esa mañana de domingo? ¿en que país vivirá? Vamos pensándole.
Para toda la bola de weyes especulativos que en vez de pensar en el fortalecimiento del peso, fueron a rendirle pleitesía a su majestad (medio madreadon ahorita) Dolar.
P.D. DONDE VENDEN LOS BOLETOS PA LOS SORTEOS DE LAS HUMMERS?? YA NI LA INGAN!!!